Una galleta fabricada con una botella de plástico: microbios convierten el PET en «sabrosas» proteínas
Una botella de plástico podría tener una segunda vida tan insólita como acabar convertida en alimento. Levaduras especializadas transforman el carbono del PET en proteínas, vitaminas y aromas para fabricar una galleta que algún día, cuando se perfeccione, podría llegar a los supermercados.
Por Enrique Coperías, periodista científico
El microbiólogo Lahiru Jayakody muestra una de las galletas µBites, elaboradas con proteínas obtenidas por levaduras a partir de residuos vegetales y compuestos derivados del plástico PET. Cortesía: SIU Carbondale.
A primera vista parece una galleta normal y corriente: pequeña, redonda y de color tostado. Sin embargo, una parte del carbono que contiene estuvo antes atrapada en una botella de plástico. No se trata de plástico triturado y mezclado con harina —una imagen tan inquietante como equivocada—, sino de algo bastante más sofisticado.
Para elaborar la pasta, los investigadores primero desmontaron químicamente el material plástico y ofrecieron los fragmentos a unas levaduras capaces de reconstruirlos en forma de proteínas y otros compuestos aprovechables.
El prototipo de galleta se llama µBites y ha sido desarrollado por un equipo de la Universidad del Sur de Illinois (SIU) en Carbondale, en Estados Unidos. Los últimos resultados del proyecto se presentaron el 24 de agosto en Chicago, durante el congreso ACS Fall 2026 de la Sociedad Estadounidense de Química.
Alimento para zonas devastadas y misiones planetarias
Su propuesta combina tratamiento de residuos, fermentación microbiana, ingeniería metabólica e impresión tridimensional de alimentos. El objetivo final es ambicioso: fabricar comida en lugares donde apenas existen suelo cultivable, agua o posibilidades de recibir suministros, desde una zona devastada por un desastre hasta una base instalada en la Luna o Marte.
🗣️«Queríamos desarrollar tecnologías para convertir el plástico en productos de mayor valor y pensamos: ¿por qué no centrarnos en producir comida? Al fin y al cabo, el plástico es carbono y la comida también», explica el microbiólogo Lahiru Jayakody, responsable del proyecto. La frase resume la lógica química del experimento, aunque también simplifica una transformación compleja.
Que dos materiales contengan carbono no significa que uno pueda comerse ni que resulte fácil convertirlo en el otro. La clave consiste en desmontar primero las moléculas del plástico y lograr después que un microorganismo incorpore ese carbono a su metabolismo.
Así se convierte una botella de plástico en una galleta
El material elegido para el proyecto es el tereftalato de polietileno o PET, uno de los plásticos más utilizados en botellas de agua y refrescos. Sus largas cadenas moleculares le proporcionan resistencia y durabilidad, pero esas mismas propiedades dificultan su degradación.
Para hacerlas accesibles a los microbios, los investigadores mezclaron PET con tallos y hojas de maíz y otros restos vegetales, trituraron el conjunto y lo sometieron a un procedimiento denominado disolución hidrotérmica oxidativa.
La tecnología, ideada por el geólogo Ken Anderson, director del Advanced Energy Institute en la citada universidad, utiliza agua y oxígeno a temperaturas y presiones elevadas. El tratamiento rompe los materiales resistentes y genera moléculas de carbono solubles que las levaduras pueden metabolizar.
Es, en cierto modo, una digestión previa: el reactor hace con el plástico y la biomasa lo que los dientes y el aparato digestivo hacen con un alimento, aunque mediante condiciones físicas mucho más extremas.
¿La galleta contiene realmente plástico?
Después entran en escena las levaduras. Estos microorganismos llevan milenios trabajando para los seres humanos en la fabricación de pan, cerveza o vino, y, desde el desarrollo de la biotecnología moderna, se han convertido además en diminutas fábricas de medicamentos, enzimas, vitaminas y aromas. Las levaduras empleadas por el equipo de la SIU consumen los compuestos generados en el reactor y los transforman en biomasa rica en proteínas, grasas y ácidos orgánicos.
La galleta, por tanto, no contiene pedazos reconocibles de una botella. El carbono del PET ha pasado por una cadena de transformaciones antes de incorporarse a las células microbianas o a las moléculas que estas fabrican. Tampoco todo el producto procede del plástico: la formulación actual combina compuestos derivados del PET con residuos vegetales y añade fibra, almidón y edulcorante convencionales.
Finalmente, una impresora 3D deposita después la mezcla capa a capa hasta darle forma de galleta. La impresión no convierte el residuo en alimento; simplemente permite moldear y personalizar el producto final.
Las levaduras que hicieron posible la transformación
Los resultados presentados en la ACS se concentran especialmente en mejorar su aspecto, aroma y valor nutricional. Según el resumen del congreso, el equipo ha trabajado con tres levaduras diferentes:
✅ La Saccharomyces boulardii.
✅ La Saccharomyces cerevisiae, la conocida levadura de panadero.
✅ La Rhodosporidium toruloides.
Una variedad modificada de Saccharomyces cerevisiae produce vainillina, la molécula responsable del aroma principal de la vainilla, a partir del ácido ferúlico procedente de la biomasa vegetal.
Otra cepa de Rhodosporidium toruloides fue sometida a evolución adaptativa en el laboratorio para que aprovechara mejor el etilenglicol, uno de los componentes obtenidos durante la descomposición del PET. La levadura transforma ese compuesto en betacaroteno, el pigmento anaranjado que el organismo humano puede convertir en vitamina A. De esta manera, los microbios no solo aportarían proteína, sino también color, aroma y micronutrientes.
Células de la levadura de panadero Saccharomyces cerevisiae, uno de los microorganismos empleados para transformar residuos vegetales en proteínas y producir vainillina, la molécula responsable del aroma de la vainilla. Cortesía: Universidad de Basilea / SN I/Nano Imaging Lab.
Los precedentes científicos de convertir residuos en alimentos
La idea cuenta con antecedentes científicos sólidos, aunque la galleta se encuentre aún en una fase inicial. En 2016, un equipo japonés describió en Science la bacteria Ideonella sakaiensis, capaz de degradar el PET mediante dos enzimas y utilizar parte de sus productos como fuente de carbono y energía. Aquel descubrimiento aceleró la búsqueda de sistemas biológicos para reciclar plásticos.
Cinco años más tarde, investigadores de la Universidad de Edimburgo, en el Reino Unido, demostraron en la revista Green Chemistry que una bacteria Escherichia coli modificada podía producir vainillina a partir de residuos del PET.
El proyecto µBites tampoco es el único que intenta llegar de los plásticos a las proteínas. Sin ir más lejos, investigadores de la Universidad Tecnológica de Míchigan (Estados Unidos) desarrollan BioPROTEIN, un sistema que descompone residuos plásticos mediante calor y alimenta con los productos resultantes a comunidades de bacterias consumidoras de hidrocarburos.
Un hongo en la despensa
Las células obtenidas contienen, según el equipo, alrededor de un 55% de proteína y pueden secarse hasta formar un polvo. Esta iniciativa, financiada por la agencia estadounidense DARPA, comparte con µBites la aspiración de instalar pequeñas fábricas de alimento en vehículos militares o zonas afectadas por catástrofes.
Convertir residuos vegetales en comida mediante hongos resulta menos chocante y posee precedentes incluso tradicionales. Un estudio publicado en 2024 en Nature Microbiology mostró que el hongo Neurospora intermedia, utilizado en Indonesia para preparar el alimento fermentado conocido como oncom, podía crecer sobre numerosos subproductos agrícolas, elevar su contenido proteico y producir alimentos bien valorados por los consumidores.
La gran diferencia es que esos materiales ya procedían de plantas comestibles, mientras que el PET introduce interrogantes toxicológicos y regulatorios mucho más delicados.
¿Es segura la galleta fabricada con PET?
El principal desafío de µBites no es conseguir una galleta con aspecto convincente, sino demostrar que cada lote está libre de plástico residual, etilenglicol, metales utilizados como catalizadores, aditivos, contaminantes ambientales y subproductos inesperados de la fermentación.
También habrá que determinar la calidad de sus proteínas, su perfil de aminoácidos, digestibilidad, posibles alérgenos y contenido en ácidos nucleicos.
La información divulgada por la ACS afirma que los análisis disponibles indican que el producto es seguro, pero no publica concentraciones, rendimientos ni resultados toxicológicos detallados. El trabajo presentado es un póster de congreso, no un estudio completo revisado por pares.
Para la fabricación de esta galleta, se emplean materiales vegetales de desecho y plástico; el producto en cuestión podría alimentar a seres humanos en cualquier lugar, desde submarinos hasta naves espaciales. Cortesía: Carbondale Communications
La confusión sobre las pruebas de sabor
Existe además cierta confusión sobre las pruebas sensoriales. Una comunicación de la propia universidad publicada en 2024 señalaba que una versión anterior había obtenido 6,5 puntos sobre 9 en una escala de aceptación. La información difundida ahora por la ACS precisa, en cambio, que la formulación actual todavía espera autorización institucional para ser probada y que, por el momento, solo se ha valorado su aroma.
Es posible que se trate de versiones distintas del producto, pero la documentación pública no aclara completamente la discrepancia.
Tampoco se ha demostrado todavía que el balance ambiental sea favorable. El tratamiento hidrotérmico necesita calor y presión; las levaduras requieren nutrientes, reactores y controles; y el producto final debe separarse, purificarse y procesarse.
Sin un análisis completo del ciclo de vida no puede saberse si la energía consumida compensa el plástico eliminado ni cómo se compara el sistema con el reciclaje convencional o con otras fuentes de proteína microbiana.
Una tecnología pensada para alimentar a los astronautas
El espacio ofrece, en cualquier caso, un laboratorio ideal para este tipo de ideas. En una misión de varios años, cada kilogramo lanzado desde la Tierra resulta costoso y todo residuo representa a la vez un problema y una posible materia prima.
De hecho, el proyecto nació dentro del Deep Space Food Challenge, una iniciativa de la NASA destinada a crear sistemas que produzcan alimentos seguros, nutritivos y agradables con pocos recursos y una generación mínima de desechos. Una tecnología capaz de recuperar el carbono de envases y restos vegetales podría ayudar a cerrar parcialmente ese círculo.
En la Tierra, la magnitud de los dos problemas explica el interés. La humanidad produce más de 430 millones de toneladas de plástico al año y solo una pequeña proporción se recicla, según el Programa de las Naciones Unidas para el Mediambiente. Al mismo tiempo, la FAO estima que 645 millones de personas padecieron hambre en 2025 y que unos 2.700 millones no podían permitirse una dieta saludable.
La tecnología, sin embargo, no resolverá por sí sola el hambre, cuyas causas principales incluyen pobreza, conflictos, desigualdad y dificultades de acceso y distribución. Su aportación más realista podría estar en alimentos de emergencia, suplementos proteicos o instalaciones aisladas. Antes tendrá que abandonar el territorio de las demostraciones llamativas y superar el examen de la toxicología, la regulación, el coste y el consumo energético. Solo entonces aquella botella desechada podrá completar su extraordinario viaje químico hasta convertirse, de verdad, en una galleta.▪️(25-agosto-2026)
LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- De residuos a alimento: levaduras especializadas transforman compuestos procedentes del plástico PET y restos agrícolas en proteínas y otros ingredientes.
- No contiene plástico triturado: el PET se descompone previamente en moléculas sencillas que los microorganismos utilizan como fuente de carbono.
- Galletas impresas en 3D: la biomasa microbiana se mezcla con fibra, almidón y edulcorante para fabricar las galletas experimentales µBites.
- También producen aroma y vitaminas: las levaduras generan vainillina y betacaroteno, precursor de la vitamina A.
- Pensadas para entornos extremos: podrían emplearse en misiones espaciales, submarinos, bases remotas o zonas afectadas por catástrofes.
- Todavía no están listas para el consumo: los resultados se presentaron en un congreso y faltan estudios completos sobre seguridad, nutrición, costes y efecto ambiental.
- La meta es doble: aprovechar residuos plásticos y agrícolas mientras se desarrollan nuevas fuentes de proteína microbiana.
PREGUNTAS & RESPUESTAS: Galletas y Plástico
🍪 ¿Se puede convertir una botella de plástico en comida?
Sí, en condiciones experimentales. El PET puede descomponerse en moléculas más sencillas que determinados microorganismos utilizan como fuente de carbono. Estos producen nueva biomasa y compuestos como proteínas, lípidos o pigmentos. Eso no significa que el plástico pueda comerse directamente.
🍪 ¿Qué es µBites?
µBites es una plataforma experimental que combina descomposición de PET y residuos vegetales, fermentación con levaduras e impresión 3D para producir alimentos ricos en proteínas. Fue desarrollada por la Universidad del Sur de Illinois dentro de un proyecto relacionado con el Deep Space Food Challenge de la NASA.
🍪 ¿Las µBites están autorizadas para el consumo?
No como producto comercial. El prototipo necesita evaluaciones toxicológicas y nutricionales completas, autorización regulatoria y ensayos sensoriales adecuadamente documentados antes de poder venderse o consumirse de forma habitual.
🍪 ¿Toda la galleta procede de una botella?
No. La formulación combina carbono procedente del PET con residuos vegetales y otros ingredientes añadidos, como fibra, almidón y edulcorante.
🍪 ¿Qué microorganismos se utilizan?
El equipo ha trabajado con Saccharomyces cerevisiae, Saccharomyces boulardii y Rhodosporidium toruloides. Algunas cepas producen proteínas, vainillina o betacaroteno a partir de compuestos procedentes de biomasa vegetal o del PET.
🍪 ¿Para qué podría utilizarse esta tecnología?
Sus aplicaciones más plausibles serían las misiones espaciales, las bases remotas, los submarinos y las zonas afectadas por catástrofes donde el abastecimiento de alimentos resulta difícil.
Información facilitada por la Sociedad Estadounidense de Química

