Un estudio relaciona ver mucha televisión con un menor volumen cerebral y un mayor riesgo de deterioro cognitivo
¿Es posible que un hábito tan cotidiano como pasar horas frente al televisor deje una huella duradera en el cerebro? Un amplio estudio con casi 24 años de seguimiento ha encontrado que quienes veían mucha tele en la mediana edad presentaban más tarde un menor volumen en regiones cerebrales clave para la memoria y un mayor riesgo de deterioro cognitivo.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Ver muchas horas de televisión durante la mediana edad se asocia con un menor volumen en varias regiones cerebrales implicadas en la memoria y con más lesiones en la materia blanca, según un seguimiento de casi 24 años realizado a 1.712 adultos. Foto de Kevin Woblick en Unsplash
Limitar el tiempo que pasamos sentados se ha convertido en una de las principales recomendaciones para prevenir enfermedades cardiovasculares y metabólicas. Pero ¿es realmente igual de perjudicial permanecer sentado viendo una serie de Netflix que hacerlo redactando un informe, leyendo o resolviendo problemas?
Un nuevo estudio sugiere que la respuesta podría ser un rotundo no.
Investigadores de la Universidad del Sur de California (USC) y de la Universidad de Arizona, en Estados Unidos, han descubierto que las personas que afirmaban ver televisión «muy a menudo» durante la mediana edad, esto es, entre los 40 y los 65 años, presentaban, más de dos décadas después, diferencias estructurales en su cerebro compatibles con un mayor riesgo de deterioro cognitivo.
En cambio, permanecer sentado durante la jornada laboral —una actividad potencialmente más estimulante desde el punto de vista intelectual— se asociaba justamente con el patrón contrario: un cerebro con mayor volumen en varias regiones y menos signos de daño en la sustancia blanca.
Los resultados, publicados en la revista Alzheimer's & Dementia, refuerzan una idea que está ganando fuerza entre los neurólogos: no basta con contabilizar cuántas horas permanecemos sentados; también importa qué hacemos mientras estamos sentados.
Qué encontró exactamente el estudio: más allá del sedentarismo
Hasta ahora, la investigación sobre el estilo de vida se había centrado casi exclusivamente en la actividad física. Numerosos trabajos han demostrado que caminar, correr o practicar ejercicio de forma habitual ayuda a proteger el cerebro frente al envejecimiento y reduce el riesgo de desarrollar algún tipo de demencia, como el alzhéimer.
Sin embargo, el comportamiento sedentario es mucho más complejo de lo que parece. Permanecer sentado no implica necesariamente que el cerebro esté inactivo. Leer un libro, programar un ordenador, escribir un artículo o resolver un problema matemático requieren un intenso esfuerzo cognitivo, mientras que otras actividades, como ver la televisión de forma pasiva durante horas, apenas exigen participación mental.
Precisamente esa diferencia fue la que quisieron explorar los investigadores.
🗣️ «Durante años nos hemos centrado en investigar cuánto tiempo pasa la gente sentada. Nuestros resultados sugieren que también deberíamos prestar atención a qué hacen mientras estamos sentados», advierte David Raichlen, profesor de Ciencias Biológicas y Antropología de la Universidad del Sur de California y uno de los autores principales del estudio.
La hipótesis no era descabellada. Estudios previos ya habían relacionado el exceso de televisión con un mayor riesgo de demencia, pero apenas existían investigaciones capaces de comprobar si esa costumbre dejaba una huella visible en la anatomía cerebral muchos años después.
El mapa resume el principal hallazgo del estudio: ver televisión con mucha frecuencia (en rojo) se asoció con un menor volumen en diversas regiones del cerebro, mientras que permanecer sentado trabajando (en azul) se relacionó con un mayor volumen en determinadas áreas, incluso tras ajustar los resultados por factores como la edad, la actividad física, la hipertensión o la diabetes. Cortesía: Natan Feter et al.
Un experimento natural de casi un cuarto de siglo
Para responder a esa pregunta, el equipo recurrió a uno de los estudios epidemiológicos más importantes de Estados Unidos: el Atherosclerosis Risk in Communities (ARIC), un seguimiento poblacional iniciado a finales de los años ochenta para investigar los factores que influyen sobre la salud cardiovascular y cerebral.
En este trabajo participaron 1.712 adultos, libres de demencia al inicio del análisis, que tenían una edad media de 53 años cuando comenzaron el seguimiento. Entre 1987 y 1989 respondieron a diversas preguntas sobre sus hábitos cotidianos, entre ellas con qué frecuencia veían televisión durante su tiempo libre y cuánto tiempo permanecían sentados en el trabajo. Más de veintitrés años después, cuando rondaban los 76 años de edad, fueron sometidos a resonancias magnéticas cerebrales de alta resolución.
La enorme ventaja de este diseño es que permite observar si determinados hábitos mantenidos en la mediana edad se relacionan con cambios cerebrales que aparecen mucho tiempo después, cuando empiezan a aumentar los casos de deterioro cognitivo.
Además, los investigadores ajustaron los análisis para eliminar la influencia de numerosos factores que podrían distorsionar los resultados, como la actividad física, el índice de masa corporal, la hipertensión, la diabetes, el tabaquismo, el consumo de alcohol o el nivel educativo. Incluso tras todas esas correcciones, las asociaciones permanecieron prácticamente intactas.
Un cerebro ligeramente más pequeño en regiones clave
Los resultados mostraron un patrón consistente.
Las personas que declaraban ver televisión «muy a menudo» presentaban un menor volumen en varias zonas cerebrales especialmente importantes para el funcionamiento cognitivo.
Entre ellas figuraban los lóbulos frontal y occipital, así como las llamadas regiones de firma del alzhéimer, un conjunto de estructuras que incluye el hipocampo, la corteza entorrinal, el precúneo o el giro parahipocampal, y que suelen verse afectadas en las primeras fases de la enfermedad de Alzheimer.
Qué son las hiperintensidades de la sustancia blanca
El estudio detectó también un aumento del volumen de las llamadas hiperintensidades de la materia blanca, unas pequeñas lesiones visibles mediante resonancia magnética que reflejan daño acumulado en los diminutos vasos sanguíneos del cerebro.
Aunque su nombre resulta técnico, estas alteraciones son bien conocidas por los neurólogos. Se consideran un marcador del envejecimiento cerebral y se han relacionado con un mayor riesgo de ictus, deterioro cognitivo y demencia.
En otras palabras, quienes pasaban muchas horas frente al televisor mostraban un conjunto de cambios anatómicos que, en estudios anteriores, se han asociado a una peor salud cerebral.
No todo el sedentarismo parece afectar igual al cerebro. Permanecer sentado realizando actividades intelectualmente estimulantes, como leer o trabajar, se asoció con una mejor conservación de determinadas áreas cerebrales en comparación con ver televisión de forma pasiva. Foto de Evgenia Krasnopolska en Unsplash
Por qué ver la tele parece diferente de otros hábitos sedentarios
Quizá el hallazgo más llamativo del estudio sea precisamente el que rompe con la intuición. Si el problema fuera simplemente permanecer muchas horas sentado, cabría esperar que cualquier actividad sedentaria produjera efectos parecidos. Pero los resultados mostraron justo lo contrario.
Los investigadores comprobaron que las personas que afirmaban pasar gran parte de su jornada sentadas trabajando presentaban un patrón cerebral muy diferente. Lejos de mostrar un menor volumen cerebral, tendían a conservar mejor varias regiones del cerebro. En concreto, exhibían lóbulos frontal, parietal y occipital de mayor tamaño, así como un menor volumen de hiperintensidades de la sustancia blanca, un indicador asociado a un mejor estado de los pequeños vasos sanguíneos cerebrales.
A primera vista, el resultado puede parecer paradójico, pero tiene una explicación razonable.
No todas las actividades sedentarias implican el mismo nivel de estimulación mental. Permanecer en un silla elaborando informes, analizando datos, escribiendo, programando, diseñando o resolviendo problemas obliga al cerebro a mantener activos múltiples circuitos relacionados con la atención, la memoria de trabajo, la planificación y la toma de decisiones. Ver televisión, en cambio, suele requerir un procesamiento cognitivo mucho más pasivo.
Los autores creen que esta diferencia podría explicar buena parte de los resultados.
🗣️ «Con frecuencia recomendamos a la población que no pase demasiado tiempo sentada, pero quizá debamos ampliar ese consejo para incluir el tipo de actividades que realizamos mientras estamos sentados, ya que parecen tener efectos diferentes sobre la salud cerebral», señala Natan Feter, investigador posdoctoral de la Universidad del Sur de California y autor principal del trabajo.
No significa, por supuesto, que pasar ocho horas sentado en una oficina sea saludable desde el punto de vista cardiovascular o musculoesquelético. El ejercicio físico sigue siendo indispensable. Lo que plantea este estudio es que, para el cerebro, el contenido de la actividad sedentaria también importa.
EL ESTUDIO, EN NÚMEROS
Por qué los investigadores creen que el cerebro cambia
Aunque el estudio no permite explicar los mecanismos biológicos responsables, los investigadores plantean varias hipótesis respaldadas por trabajos anteriores.
✅ La primera tiene que ver con la llamada reserva cognitiva, un concepto muy utilizado en neurología. Se refiere a la capacidad del cerebro para desarrollar redes neuronales más eficientes gracias a décadas de aprendizaje, actividad intelectual y estimulación mental. Cuanto mayor es esa reserva, mayor parece ser la resistencia frente al deterioro cognitivo asociado al envejecimiento o a enfermedades como el alzhéimer.
Las actividades cognitivamente exigentes podrían contribuir a reforzar esa reserva, y favorecer la formación y el mantenimiento de conexiones neuronales.
✅ Existe además otra posible explicación. Ver televisión durante largos periodos suele ir acompañado de otros comportamientos poco saludables: menor interacción social, menor participación en actividades intelectuales, picoteo de alimentos ultraprocesados o una reducción del tiempo dedicado a leer, conversar o realizar actividades culturales.
Aunque los investigadores ajustaron estadísticamente muchos de estos factores, es imposible descartar que algunos de ellos también contribuyan parcialmente a las diferencias observadas.
Los hombres parecen ser más vulnerables
Uno de los resultados más inesperados apareció cuando el equipo analizó por separado los datos de hombres y mujeres.
La inmensa mayoría de las asociaciones entre televisión y menor volumen cerebral aparecieron únicamente en los hombres. En ellos, ver televisión con mucha frecuencia se relacionó con reducciones de volumen en numerosas regiones distribuidas por ambos hemisferios cerebrales, incluidas áreas frontales, temporales, parietales, estructuras profundas y regiones implicadas en la memoria y el procesamiento emocional.
En las mujeres, sin embargo, esos patrones prácticamente desaparecieron tras aplicar las correcciones estadísticas.
Los propios autores reconocen que desconocen la causa de esta diferencia.
Podría deberse a factores hormonales, metabólicos o incluso a diferencias en la forma en que hombres y mujeres empleaban su tiempo libre cuando comenzó el estudio, a finales de los años ochenta. También es posible que intervengan factores sociales o laborales difíciles de medir varias décadas después.
En cualquier caso, los investigadores subrayan que esta diferencia debe interpretarse con prudencia y necesitará ser confirmada en futuras investigaciones.
Los investigadores subrayan que el estudio identifica una asociación, no una relación de causa y efecto. Aun así, los resultados se mantuvieron incluso después de tener en cuenta factores como la actividad física, la hipertensión, la diabetes o el tabaquismo. Foto: Gustavo Fring
Un estudio sólido... pero no definitivo
Como ocurre con cualquier investigación observacional, conviene evitar conclusiones precipitadas.
La principal limitación es que los participantes no fueron asignados al azar a ver más o menos televisión. Simplemente informaron de sus hábitos cotidianos, y los científicos analizaron qué ocurrió con su cerebro muchos años después. Por tanto, el estudio identifica una asociación, pero no demuestra que la televisión sea la causa directa de esos cambios.
Además, el tiempo dedicado a ver televisión fue autodeclarado, lo que siempre introduce cierto margen de error. Algunas personas pueden sobrestimar o infravalorar el número de horas que realmente pasan frente a la pantalla.
Existe otra limitación importante: los participantes no disponían de una resonancia magnética cerebral al inicio del estudio. Eso significa que los investigadores no pueden saber con certeza si algunas diferencias estructurales ya existían antes de comenzar el seguimiento. Los propios autores reconocen que disponer de imágenes cerebrales iniciales permitiría establecer con mucha mayor precisión la evolución del cerebro a lo largo del tiempo.
Aun así, el trabajo presenta fortalezas poco habituales. El seguimiento se prolongó durante casi veinticuatro años, incluyó a más de 1.700 participantes, empleó resonancias magnéticas de alta resolución y los resultados permanecieron estables incluso después de realizar numerosos análisis de sensibilidad y controlar una larga lista de factores que podían influir en la salud cerebral.
Un mensaje para la era del streaming
Cuando comenzó el estudio, a finales de los años ochenta, Netflix, YouTube o TikTok ni siquiera existían. La televisión seguía un horario fijo y las pantallas ocupaban un lugar muy distinto al actual.
Sin embargo, el mensaje que deja este trabajo resulta especialmente pertinente en pleno auge del consumo digital. Hoy muchas personas pasan varias horas al día frente a una pantalla, ya sea viendo series, vídeos o contenidos breves en redes sociales.
El estudio no invita a demonizar la televisión ni sugiere que disfrutar de una película vaya a dañar el cerebro. Lo que plantea es algo mucho más sutil: si una parte importante de nuestro tiempo libre transcurre frente a contenidos pasivos, quizá estemos renunciando a actividades que mantienen el cerebro más activo.
Leer, aprender un idioma, tocar un instrumento, mantener conversaciones, resolver rompecabezas, escribir, jugar al ajedrez o incluso desarrollar un trabajo intelectualmente exigente podrían ofrecer un tipo de estimulación que el cerebro parece agradecer durante décadas.
En definitiva, la investigación apunta hacia una nueva forma de entender el sedentarismo. El problema quizá no sea únicamente cuánto tiempo permanecemos sentados, sino qué hacemos con ese tiempo. Y esa diferencia, aparentemente pequeña, podría contribuir a moldear la salud del cerebro mucho más de lo que imaginábamos.▪️(20-julio-2026)
LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- Un estudio siguió durante casi 24 años a 1.712 adultos.
- Ver televisión muy frecuentemente se asoció con un menor volumen en regiones cerebrales implicadas en la memoria.
- También se relacionó con un mayor volumen de hiperintensidades de la sustancia blanca, un marcador asociado al envejecimiento cerebral.
- Permanecer sentado trabajando no mostró el mismo patrón y se asoció a una mejor conservación de determinadas áreas cerebrales.
- El estudio demuestra una asociación, pero no prueba que la televisión cause estos cambios.
PREGUNTAS & RESPUESTAS: Demencia y Ver Televisión
📺 ¿Ver mucha televisión aumenta el riesgo de alzhéimer?
El estudio encontró una asociación entre ver televisión con mucha frecuencia y cambios cerebrales relacionados con un mayor riesgo de deterioro cognitivo, pero no demuestra que la televisión cause alzhéimer.
📺 ¿Qué partes del cerebro se ven afectadas?
Las diferencias aparecieron principalmente en los lóbulos frontal y occipital y en las denominadas regiones de firma del alzhéimer, implicadas en la memoria.
📺 ¿Trabajar sentado produce el mismo efecto?
No. En este estudio, permanecer sentado trabajando se asoció con un patrón cerebral diferente, probablemente porque muchas tareas laborales requieren una mayor estimulación cognitiva.
📺 ¿La actividad física elimina este riesgo?
No completamente. Las asociaciones persistieron incluso después de ajustar estadísticamente el nivel de actividad física de los participantes.
📺 ¿El estudio demuestra una relación de causa y efecto?
No. Se trata de un estudio observacional longitudinal que identifica asociaciones, pero no puede demostrar causalidad.
Información facilitada por la Universidad del Sur de California
Fuente: Natan Feter et al. Associations of distinct sedentary behaviors with cortical, subcortical, and white matter hyperintensity volumes: Evidence from the ARIC study. Alzheimer's & Dementia (2026). DOI: https://doi.org/10.1002/alz.71582

