Curiosidad y reserva cognitiva: las personas curiosas acumulan más experiencias estimulantes
El deseo de descubrir cosas nuevas se relaciona con una vida más rica en aprendizaje y ocio, dos ingredientes de la reserva cognitiva, la capacidad del cerebro para mantener sus funciones pese al envejecimiento o al daño, y aprovechar mejor sus recursos. Un estudio explora esa conexión y desvela un matiz inesperado: acumular esas experiencias no se tradujo en una mejor memoria.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Las personas más curiosas suelen acumular más experiencias educativas y de ocio vinculadas a la reserva cognitiva. El interés por el arte y las ideas nuevas forma parte de la apertura a la experiencia. Foto de Alina Rossoshanska
Abrir un libro para entender algo que acaba de sorprendernos, apuntarse a un curso por placer o detenerse ante un cuadro en el Museo del Prado son gestos cotidianos que comparten un impulso: querer saber más. Esa disposición a ampliar nuestros conocimientos y a satisfacer la curiosidad, puede influir en las experiencias que acumulamos durante décadas.
Un nuevo estudio ha encontrado que las personas más curiosas suelen tener trayectorias educativas y actividades de ocio más enriquecedoras, dos ingredientes vinculados a la reserva cognitiva. Pero introduce un matiz crucial: en las pruebas realizadas por sus autores, esa curiosidad no se tradujo en una mejor memoria ni en mayor capacidad de atención.
La investigación, publicada en la revista Personality and Individual Differences, está firmada por Carolien Torenvliet, Dirk Bertens, Joukje Oosterman e Iris Wiegand, vinculados al Instituto Donders, en los Países Bajos, y otras instituciones neerlandesas. El equipo estudió a 106 adultos de entre 40 y 85 años para explorar una hipótesis atractiva: que el deseo de descubrir cosas nuevas favorezca una vida intelectualmente activa y, a través de ella, una mayor resistencia al envejecimiento cerebral.
➡️ «La curiosidad no es solo una disposición psicológica, sino que está relacionada con experiencias vitales cognitivamente estimulantes», escriben los autores en las conclusiones del artículo.
La frase resume el principal hallazgo, pero también delimita su alcance: lo observado es una asociación entre personalidad y experiencias, no la demostración de que las personas curiosas estén protegidas frente a una enfermedad neurodegenerativa, como es el caso de la demencia.
Qué es la reserva cognitiva y cómo se estudia
La reserva cognitiva intenta explicar por qué dos personas con un grado parecido de deterioro cerebral pueden desenvolverse de manera muy distinta. Una conserva una autonomía considerable; la otra presenta mayores dificultades. El concepto alude a la capacidad de mantener el funcionamiento mental mejor de lo esperado dadas las alteraciones del cerebro.
La educación, la complejidad de las ocupaciones y las actividades intelectuales o sociales se utilizan como indicadores indirectos de reserva cognitiva. Describen experiencias potencialmente enriquecedoras, pero no permiten medir por sí solos cómo responde el cerebro ante una enfermedad.
Esta diferencia es esencial para interpretar el estudio. Haber estudiado muchos años o participar en actividades culturales de forma habitual describen una trayectoria vital, pero no permite comprobar por sí solo cómo responde un cerebro ante una lesión o la acumulación de cambios asociados a la edad. En el trabajo neerlandés no se midieron esas alteraciones mediante imágenes cerebrales ni se siguió a los participantes para observar quién desarrollaba deterioro.
La curiosidad también se expresa en el deseo de explorar estímulos sensoriales nuevos. El estudio analizó esta faceta junto al placer de adquirir conocimientos y la apertura a nuevas experiencias. Foto de Chase Clark en Unsplash
Qué encontró el estudio sobre las personas curiosas
Para caracterizar una personalidad curiosa, combinaron cuestionarios sobre el placer de adquirir conocimientos, el interés por estímulos sensoriales nuevos y la apertura a la experiencia. Esta última incluye sensibilidad hacia el arte, imaginación e interés por ideas poco habituales.
El enfoque pretendía captar una disposición más amplia que la afición por estudiar: disfrutar explorando un lugar desconocido o examinando algo que nunca habíamos visto también puede formar parte de ella.
Educación y ocio: las asociaciones más claras
Torenvliet, Bertens, Oosterman y Wiegand utilizaron el Cognitive Reserve Index questionnaire —un cuestionario sobre educación, ocupaciones y ocio— para reconstruir las experiencias de los participantes. Además, evaluaron el recuerdo de palabras, el control de respuestas automáticas y la atención y velocidad de procesamiento.
Los análisis mostraron una asociación positiva consistente entre curiosidad e indicadores de reserva cognitiva, especialmente los relacionados con la educación y el ocio. La complejidad laboral no presentó una relación igualmente clara.
Memoria y atención: el beneficio que no se demostró
El siguiente eslabón de la hipótesis no apareció: ni la curiosidad ni los indicadores de reserva explicaron de forma convincente las diferencias en el rendimiento cognitivo de las personas estudiadas.
➡️ «No encontramos evidencia de que una personalidad curiosa o los indicadores de reserva cognitiva estuvieran asociados con las capacidades cognitivas en esta muestra», precisan los autores en la discusión.
La muestra era pequeña, relativamente sana y con una capacidad intelectual estimada superior a la media. Es posible que las pruebas no captaran diferencias sutiles o que la utilidad de la reserva resulte más visible cuando existe deterioro cerebral. Son explicaciones posibles, todavía pendientes de comprobación.
El interés por aprender puede mantenerse en la vejez. Una investigación con 1.218 adultos encontró que las personas mayores mostraban más curiosidad por preguntas concretas, aunque su curiosidad general como rasgo de personalidad era menor. Foto de Ana Claudia
Qué aportan otros estudios sobre curiosidad y envejecimiento cerebral
La relación con la reserva depende del tipo de curiosidad
Un estudio anterior del mismo entorno investigador aporta contexto al asunto. Fue publicado el año pasado en la revista Scientific Reports y estaba dirigido por Wiegand. Ella y sus colegas analizaron a 482 personas: 190 de entre 18 y 30 años y 292 de entre 50 y 78. La relación entre curiosidad e indicadores de reserva fue más marcada en el grupo de mayor edad.
Además, distinguieron entre aprender por placer y buscar una respuesta para aliviar la incomodidad de no saber. Entre los mayores, esta segunda modalidad se asociaba con mayor complejidad laboral, pero con menos actividades de ocio. La curiosidad tiene distintas dimensiones y sus relaciones con las experiencias vitales también varían.
En el artículo científico podemos leer que nuestra forma de ser puede influir en cómo envejece nuestra mente, que las personas más curiosas acumulan más experiencias vinculadas a la reserva cognitiva. «Eso respalda la idea de que la curiosidad podría favorecer un envejecimiento mental saludable, aunque todavía no demuestra que sea la causa ni que prevenga el deterioro cognitivo», advierte.
La apertura a la experiencia y los cambios cerebrales
Otra investigación, publicada en 2024 en Neurobiology of Aging, se acercó más al núcleo del concepto de reserva cognitiva. Annabell Coors y sus colaboradores, en la Universidad de Columbia (Estados Unidos), publicaron en Neurobiology of Aging una investigación que combinó personalidad, pruebas cognitivas y datos sobre la estructura cerebral de 399 participantes. De ellos, 273 fueron seguidos durante unos cinco años.
Las personas más abiertas a nuevas ideas y experiencias obtuvieron mejores resultados en algunas pruebas cognitivas, incluso al tener en cuenta las diferencias en la estructura de sus cerebros. El seguimiento durante unos cinco años aportó otro dato interesante: entre quienes mostraban poca apertura, un peor estado cerebral al inicio del estudio se relacionaba con una mayor pérdida de rapidez para procesar información. En las personas más abiertas, esa relación era mucho más débil.
Los resultados sugieren que la apertura a la experiencia podría ayudar a amortiguar los efectos de los cambios cerebrales asociados al envejecimiento. Este rasgo está relacionado con la curiosidad, pero es más amplio: también incluye la imaginación, la sensibilidad artística y el interés por ideas poco habituales.
El interés por preguntas concretas puede mantenerse en la vejez
La edad tampoco parece apagar todas las formas de interés. En 2025, los psicólogos Mary C. Whatley, Kou Murayama, Michiko Sakaki y Alan D. Caste publicaron en PLOS One un estudio con 1.218 adultos de entre 20 y 84 años. La curiosidad general como rasgo de personalidad era menor a edades más avanzadas, pero el interés despertado por preguntas concretas de cultura general era mayor.
La distinción separa la curiosidad como rasgo, una tendencia habitual, de la curiosidad como estado, el interés que provoca una información específica. El estudio no comprobó el aprendizaje posterior ni evaluó si ese interés prevenía la demencia.
Sentir curiosidad y recordar una respuesta son procesos distintos
Por último, un experimento de marzo de 2026 añade otra cautela. Michelle Hirsch, William Fisher y Andrée-Ann Cyr, de la Universidad de York, en Canadá, estudiaron a ochenta adultos jóvenes y otros tantos mayores.
La satisfacción producida por las respuestas se relacionaba con recordarlas una semana después. En sus modelos, la curiosidad previa no aportó una predicción independiente del recuerdo. El resultado , que puede consultarse en Frontiers in Cognition, apunta a que querer descubrir algo y encontrar una respuesta satisfactoria pueden contribuir de maneras diferentes al aprendizaje.
La reserva cognitiva ayuda a explicar por qué cerebros con alteraciones similares pueden conservar capacidades distintas. El estudio principal midió experiencias vinculadas a esa reserva, pero no evaluó directamente la resistencia al daño cerebral. Foto de Robina Weermeijer en Unsplash
Por qué estos resultados no prueban que la curiosidad prevenga la demencia
El estudio principal es transversal: recoge una fotografía de los participantes en un momento concreto. Este diseño permite identificar asociaciones, pero no establecer qué viene primero ni demostrar una relación causal.
La curiosidad podría impulsar a estudiar y explorar; una educación estimulante también podría alimentar la curiosidad. Las oportunidades disponibles y las experiencias tempranas pueden influir en ambas.
«Es fundamental contar con datos longitudinales para extraer conclusiones sobre la causalidad de estos efectos», advierten los autores. El siguiente paso será seguir durante años a grupos más amplios y diversos, combinar sus historias de vida con medidas cerebrales y comprobar cuándo aparecen diferencias cognitivas.
El deseo de aprender puede acompañarnos hacia libros, conversaciones y actividades que enriquecen la vida. Determinar hasta qué punto ese recorrido ayuda al cerebro a resistir el paso del tiempo sigue siendo una pregunta abierta.▪️(4-octubre-2026)
NEUROCIENCIA Y SALUD CEREBAL
⏱️ LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- Qué se observó: una asociación entre curiosidad y experiencias vinculadas a la reserva cognitiva.
- Dónde fue más clara: en la educación y las actividades de ocio; la complejidad laboral no mostró una relación igualmente consistente.
- Qué no se encontró: evidencia de mejor memoria, atención o control de respuestas automáticas asociada a la curiosidad.
- Qué falta por comprobar: si la curiosidad favorece esas experiencias y si contribuye a resistir el deterioro cognitivo a largo plazo.
Fuente: Carolien Torenvliet, Dirk Bertens, Joukje M. Oosterman, Iris Wiegand. Curious people, resilient minds? The role of a curious personality in cognitive reserve and cognitive abilities. Personality and Individual Differences (2026). DOI: https://doi.org/10.1016/j.paid.2026.114011
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