Casi la mitad de los casos de demencia podrían prevenirse, pero la ciencia advierte: informar no basta para cambiar nuestros hábitos
Hasta el 45 % de los casos de demencia podrían evitarse actuando sobre factores de riesgo modificables como el sedentarismo, el tabaquismo y el aislamiento social. Sin embargo, una revisión publicada en la revista The Lancet Healthy Longevity concluye que las campañas tradicionales de concienciación apenas consiguen cambiar los hábitos de la población y propone un nuevo enfoque basado en la personalización y la participación de las comunidades.
Por Enrique Coperías, periodista científico
La actividad física regular es uno de los hábitos más eficaces para proteger la memoria y reducir el riesgo de demencia. Foto de Centre for Ageing Better en Unsplash
¿Se puede prevenir la demencia?
Durante años, el mensaje por parte de los médicos ha sido meridianamente claro: hacer ejercicio, no fumar, controlar la tensión arterial, mantener una vida social activa o proteger la audición no solo benefician al corazón, sino también al cerebro. Sin embargo, entre saber qué debemos hacer y hacerlo existe un abismo.
Una nueva revisión internacional concluye que, aunque hasta el 45 % de los casos de demencia podrían evitarse actuando sobre factores de riesgo modificables, las campañas de salud pública apenas consiguen transformar ese conocimiento en cambios reales de comportamiento por parte de la ciudadanía. Aquí viene al pelo la frase atribuída a Johann Wolfgang von Goethe «conocer no es suficiente; debemos aplicar. Querer no es suficiente; debemos actuar».
La investigación, publicada en The Lancet Healthy Longevity, revisa la evidencia disponible sobre programas de prevención de la demencia desarrollados en ocho países y lanza un mensaje tan optimista como incómodo: disponemos de conocimientos suficientes para reducir de forma significativa el número de personas que desarrollarán alzhéimer y otras demencias, pero seguimos comunicándolos de una forma poco eficaz.
El desafío no es menor. Actualmente, más de 57 millones de personas viven con algún tipo de demencia en todo el mundo y las previsiones apuntan a que esa cifra casi se triplicará antes de 2050, con enormes consecuencias sanitarias, sociales y económicas. Al mismo tiempo, la Comisión Lancet sobre Demencia estima que aproximadamente el 45 % de los casos están relacionados con factores modificables que, al menos en parte, pueden cambiarse a lo largo de la vida.
La falsa idea de que la demencia es inevitable
Uno de los principales obstáculos identificados por los investigadores no es médico, sino cultural. Muchas personas continúan creyendo que desarrollar demencia forma parte del envejecimiento normal y que apenas existe margen para prevenirla.
🗣️ «No deja de estar muy extendida la creencia de que la demencia es una consecuencia inevitable de hacerse mayor, y eso simplemente no es cierto», explica Blossom Stephan, catedrática de Demencia del Enable Institute de la Universidad de Curtin, en Australia, y coautora del trabajo.
Pero incluso cuando las personas conocen los riesgos, aparecen otros frenos mucho más cotidianos: la falta de tiempo, el coste económico, la escasa motivación o la dificultad para mantener hábitos saludables durante años.
En otras palabras, el problema ya no consiste únicamente en informar, sino en conseguir que esa información se traduzca en decisiones sostenidas en el tiempo.
Las campañas de salud pública como esta del Ayuntamiento de Lebrija (Sevilla) ayudan a aumentar el conocimiento sobre la prevención de la demencia, pero los estudios muestran que solo las iniciativas interactivas, personalizadas y apoyadas por la comunidad consiguen traducir esa información en cambios duraderos de hábitos.
Cuántos tipos de demencia existen
Hay que recordar que la demencia no es una enfermedad concreta, sino un término que engloba distintos trastornos neurodegenerativos que deterioran progresivamente la memoria, el pensamiento, el lenguaje y la capacidad para realizar las actividades cotidianas.
La forma más frecuente es la enfermedad de Alzheimer, responsable de entre el 60 % y el 70 % de los casos. Le siguen la demencia vascular, causada por problemas en el riego sanguíneo del cerebro; la demencia con cuerpos de Lewy, que se caracteriza por alteraciones cognitivas, alucinaciones y síntomas similares a los del párkinson; y la demencia frontotemporal, que suele aparecer a edades más tempranas y afecta sobre todo a la personalidad, la conducta y el lenguaje.
Aunque cada una tiene características propias, muchas comparten factores de riesgo sobre los que es posible actuar para reducir la probabilidad de desarrollarlas.
Lo que sabemos para proteger el cerebro
En los últimos años, la evidencia científica ha identificado numerosos factores de riesgo que influyen en la probabilidad de desarrollar demencia. Entre ellos figuran los siguientes:
✅ Un bajo nivel educativo durante la infancia.
✅ La pérdida de audición.
✅ La hipertensión.
✅ El colesterol LDL elevado.
✅ La depresión.
✅ Los traumatismos craneales.
✅ El tabaquismo.
✅ La diabetes.
✅ La obesidad.
✅ El sedentarismo.
✅ El consumo excesivo de alcohol durante la edad adulta.
En la lista también hay que incluir otros agentes aliados de la demencia como son el aislamiento social, la pérdida de visión sin tratar y la contaminación atmosférica en edades más avanzadas. Todos ellos actúan sobre el cerebro durante décadas, de forma silenciosa, aumentando o reduciendo la vulnerabilidad frente al deterioro cognitivo.
La buena noticia es que muchos de estos factores también están implicados en las enfermedades cardiovasculares, por lo que adoptar un estilo de vida saludable ofrece un doble beneficio: protege el corazón y ayuda a preservar la salud cerebral.
Una alimentación equilibrada y seguir las recomendaciones médicas son claves para cuidar la salud del cerebro a lo largo de la vida. Foto de Centre for Ageing Better en Unsplash
El gran problema: sabemos mucho, pero cambiamos poco
Para averiguar qué estrategias funcionan realmente, los investigadores analizaron doce estudios realizados en Australia, Bélgica, Chile, China, Dinamarca, Estados Unidos, Puerto Rico y Países Bajos, con muestras que iban desde medio centenar hasta más de 8.000 participantes.
El resultado fue sorprendentemente uniforme.
Las campañas masivas difundidas mediante televisión, radio, prensa o redes sociales consiguen llegar a millones de personas y aumentar ligeramente el conocimiento sobre los factores de riesgo. Sin embargo, ese incremento rara vez se traduce en cambios significativos en el estilo de vida.
🗣️ «Hasta el 45 % de los casos de demencia están relacionados con factores modificables, como nuestro estilo de vida, nuestro estado de salud o el entorno en el que vivimos" —recuerda Mario Siervo, profesor de Salud Poblacional de la Universidad Curtin y autor principal del estudio. Y añade—: Pero limitarse a decirle a la gente cuáles son esos riesgos no es suficiente. Las campañas de concienciación son importantes, pero por sí solas rara vez generan cambios de comportamiento duraderos».
Los investigadores describen un fenómeno bien conocido en salud pública: el llamado vacío entre conocimiento y acción. Es decir, muchas personas saben perfectamente que deberían caminar más, dejar de fumar o controlar la hipertensión, pero eso no significa que finalmente lo hagan.
Qué estrategias sí consiguen cambiar los hábitos
El análisis identifica un patrón muy claro. Las iniciativas con mejores resultados no son las que lanzan mensajes generales, sino aquellas que implican directamente al ciudadano.
Entre las más eficaces destacan estas tres:
1️⃣ Los programas educativos interactivos,.
2️⃣ Las evaluaciones personalizadas del riesgo individual.
3️⃣ Las actividades desarrolladas dentro de las propias comunidades por profesionales sanitarios, líderes vecinales o educadores de confianza.
El ejemplo australiano
Un ejemplo especialmente prometedor fue un programa australiano que combinaba un curso online sobre prevención de la demencia con una evaluación personalizada del riesgo. Tras tres años de seguimiento, los participantes habían logrado mejorar aproximadamente un 26 % su perfil de factores de riesgo modificables, un resultado muy superior al obtenido mediante campañas informativas tradicionales.
También mostraron resultados positivos las intervenciones culturales adaptadas, las sesiones educativas presenciales y los programas en los que los participantes establecían objetivos de salud realistas y recibían un acompañamiento continuado.
La conclusión parece evidente: cuanto más personalizada es la intervención y mayor implicación emocional genera, mayores son las probabilidades de que las personas cambien realmente sus hábitos de vida.
«Cuando las personas comprenden cuál es su riesgo personal y reciben herramientas prácticas para actuar, especialmente a través de redes comunitarias, es mucho más probable que introduzcan cambios significativos en su vida», resume Siervo.
Mantener una vida social activa y salir al aire libre contribuye al bienestar emocional y al buen funcionamiento del cerebro. Foto de Centre for Ageing Better en Unsplash
La fuerza muscular también protege el cerebro
La nota de prensa que acompaña al estudio presenta además otra investigación del mismo equipo que añade una nueva pieza al puzle de la prevención de la demencia.
En ella, los científicos siguieron durante más de una década a cerca de 500.000 adultos y observaron que quienes presentaban simultáneamente baja fuerza muscular y exceso de grasa corporal, una condición conocida como obesidad sarcopénica, tenían un riesgo significativamente mayor de desarrollar demencia.
Lo llamativo es que la obesidad por sí sola no se asoció con un aumento del riesgo cuando la fuerza muscular se mantenía preservada.
El hallazgo refuerza la idea de que no basta con vigilar el peso corporal. Mantener una buena masa muscular y fuerza muscular mediante ejercicio regular, especialmente entrenamiento de fuerza, podría convertirse en un componente fundamental de las futuras estrategias de prevención.
La prevención no depende solo de cada persona
Los autores de esta revisión insisten en que la prevención de la demencia no puede recaer exclusivamente sobre la responsabilidad de cada persona.
Una campaña que recomienda hacer más ejercicio físico tendrá poco impacto si los barrios carecen de espacios seguros para caminar. Del mismo modo, aconsejar una alimentación saludable resulta insuficiente cuando existen barreras económicas que dificultan acceder a alimentos frescos o cuando la soledad impide mantener una vida social activa.
Por ello, el estudio propone un cambio de paradigma: combinar los grandes mensajes de salud pública con intervenciones adaptadas a cada comunidad, diseñadas junto a la población y no simplemente dirigidas hacia ella.
🗣️ Stephan resume así esta filosofía: «Necesitamos combinar los mensajes generales con apoyos específicos que ayuden realmente a las personas a actuar. Eso significa invertir en programas accesibles, culturalmente relevantes y diseñados junto con las comunidades, no simplemente para ellas».
Qué significa este estudio
Aunque la demencia continúa siendo uno de los mayores retos sanitarios del siglo XXI y todavía no existe una cura capaz de detener la enfermedad, la investigación transmite un mensaje de fondo esperanzador.
Por primera vez disponemos de evidencias científicas sólidas de que una parte muy importante de los casos podría evitarse retrasando o eliminando factores de riesgo presentes desde décadas antes de que aparezcan los primeros olvidos.
El verdadero desafío ya no consiste en descubrir qué protege al cerebro. La ciencia ha avanzado lo suficiente para responder a esa pregunta. El reto es conseguir que millones de personas incorporen ese conocimiento a su vida cotidiana. Porque, como demuestra este trabajo, la prevención de la demencia depende tanto de la biología como de nuestra capacidad para transformar la información en acción.▪️(3-julio-2026)
ENFERMEDADES NEURODEGENERATIVAS
PREGUNTAS & RESPUESTAS: Demencia y Prevención
🧠 ¿Se puede prevenir la demencia?
Sí. La evidencia científica indica que hasta el 45 % de los casos podrían prevenirse o retrasarse actuando sobre factores de riesgo modificables relacionados con el estilo de vida y la salud.
🧠 ¿Cuáles son los principales factores de riesgo modificables?
El sedentarismo, el tabaquismo, la hipertensión, la diabetes, la obesidad, la pérdida de audición, el aislamiento social, la depresión, el colesterol elevado, el consumo excesivo de alcohol y la contaminación atmosférica, entre otros.
🧠 ¿Qué hábitos ayudan a proteger el cerebro?
Realizar ejercicio físico con regularidad, mantener una alimentación saludable, controlar la presión arterial, evitar el tabaco, conservar una buena vida social, proteger la audición y mantener la actividad intelectual.
🧠 ¿Por qué muchas campañas de prevención no funcionan?
Porque aumentan el conocimiento, pero rara vez consiguen modificar el comportamiento. Los estudios muestran que las intervenciones personalizadas y con apoyo comunitario resultan mucho más eficaces.
🧠 ¿Qué es la obesidad sarcopénica?
Es la combinación de exceso de grasa corporal y pérdida de masa y fuerza muscular. Según un estudio reciente, esta condición aumenta el riesgo de desarrollar demencia.
LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
Hasta el 45 % de los casos de demencia podrían prevenirse actuando sobre factores de riesgo modificables.
Una revisión sistemática de 12 estudios en ocho países concluye que las campañas informativas tradicionales apenas cambian el comportamiento.
Los programas más eficaces combinan evaluaciones personalizadas del riesgo, educación interactiva y apoyo comunitario.
Un segundo estudio muestra que la obesidad sarcopénica —exceso de grasa junto con baja fuerza muscular— aumenta el riesgo de desarrollar demencia.
Los expertos reclaman pasar de la simple información a estrategias que ayuden realmente a las personas a cambiar sus hábitos.
Información facilitada por la Universidad Curtin
Fuente: Stephan B., Dunne J., Brain J. et al. Population-level interventions for dementia prevention: a systematic review. The Lancet Healthy Longevity (2026). DOI: 10.1016/j.lanhl.2026.100869

