La conciencia no ocurre en el presente: el cerebro recuerda para poder sentir, afirma un nuevo estudio

Lo que sentimos como «aquí y ahora» no es una copia fiel de la realidad, sino una reconstrucción del cerebro. Tres neurocientíficos sostienen que la conciencia surge cuando el cerebro recuerda, simula y da sentido a lo que acaba de ocurrir.

Por Enrique Coperías, periodista científico

La sensación de vivir el presente es una ilusión bien construida. Un nuevo trabajo científico sostiene que la conciencia no reacciona al mundo en tiempo real, sino que lo reconstruye a partir de la memoria.

La sensación de vivir el presente es una ilusión bien construida. Un nuevo trabajo científico sostiene que la conciencia no reacciona al mundo en tiempo real, sino que lo reconstruye a partir de la memoria. Foto de Divya Agrawal en Unsplash

La conciencia es la certeza de estar aquí y ahora. La ciencia empieza a demostrar que esa certeza es una reconstrucción del pasado. Sentir, pensar y decidir parecen actos inmediatos. La conciencia no lo es.

Pero, ¿cómo es posible que una maraña de neuronas, impulsos eléctricos y reacciones químicas produzca algo tan íntimo como la experiencia subjetiva, de estar vivos, de ver, decidir o recordar?

Un nuevo trabajo publicado en el Journal of Cognitive Neuroscience propone una idea tan provocadora como elegante: la conciencia no es una ventana directa al presente, sino una forma de memoria. En realidad, todo lo que sentimos, pensamos y decidimos conscientemente sería el resultado de una simulación cerebral que nuestro encéfalo construye a partir del pasado.

La propuesta nace de la convergencia de tres campos tradicionalmente separados —la percepción, la memoria y la neurología— y reúne el trabajo de Andrew E. Budson, Hinze Hogendoorn y Donna Rose Addis. Los tres investigadores llegaron de manera independiente a conclusiones sorprendentemente similares: los mecanismos neuronales que permiten recordar el pasado son los mismos que hacen posible experimentar el presente e imaginar el futuro.

🗣️«Los mismos procesos de simulación se utilizan tanto cuando recordamos conscientemente el pasado como cuando experimentamos el presente o imaginamos el futuro —explica Budson, profesor de Neurología en la Universidad de Boston (Estados Unidos) . Y añade—: Los mecanismos perceptivos representan una mejor estimación continua y editable de nuestro pasado, presente y futuro».

Según esta visión, la conciencia no es un sistema diseñado para reaccionar en tiempo real al mundo, sino una herramienta evolutiva para reconstruir la experiencia y utilizarla de forma flexible. Sentir el ahora sería, paradójicamente, una forma de recordar.

Un presente con retraso

La intuición cotidiana nos dice que percibimos el mundo tal y como ocurre: vemos el golpe de una pelota justo cuando sucede y escuchamos el sonido en perfecta sincronía. Sin embargo, desde hace décadas se sabe que esto no puede ser cierto. La información sensorial llega al cerebro con retrasos neuronales distintos: el sonido se procesa más rápido que la visión; el color antes que el movimiento. Aun así, la experiencia consciente es fluida y coherente.

Para Hogendoorn, especialista en percepción y profesor de Neurociencia en la Universidad de Tecnología de Queensland, en Australia, la solución está en abandonar la idea de que la conciencia representa un instante puntual. En su lugar, el cerebro construiría una línea temporal continua —de apenas unos cientos de milisegundos— que integra pasado reciente, presente inmediato y futuro anticipado. Esa línea es editable: las interpretaciones iniciales pueden corregirse a posteriori sin que seamos conscientes de la corrección.

🗣️ «En escalas temporales de milisegundos a segundos, no existe una frontera natural clara entre la percepción y la memoria», sostiene Hogendoorn.

Así se explican fenómenos como la postdicción, en la que un estímulo posterior modifica la percepción de uno anterior. No vemos el mundo como fue, sino como el cerebro decide que debió haber sido. La conciencia, en este marco, no es una cámara que graba la realidad, sino un editor mental que monta una narración coherente.

Recordar para sentir

Budson da un paso más allá, y propone que la conciencia es memoria explícita. No una consecuencia de la memoria, sino una función integrada en ella. En esta interpretación, las decisiones, las percepciones y las acciones conscientes son recuerdos de procesos inconscientes que ya han ocurrido.

Esto resuelve uno de los grandes problemas de la neurociencia: ¿por qué la conciencia es tan lenta? Los experimentos muestran que el cerebro toma decisiones antes de que seamos conscientes de ellas. Para Budson, esto no es un fallo del sistema: la conciencia nunca estuvo pensada para dirigir la acción inmediata. Su función sería permitirnos reconstruir lo ocurrido, comprenderlo y usarlo para planificar el futuro.

Así, un bateador de béisbol no golpea la bola gracias a la conciencia, sino a procesos inconscientes ultrarrápidos. La conciencia aparece después, como el recuerdo de haber decidido y actuado. La sensación de voluntad sería una narración retrospectiva que el cerebro construye para dar sentido a la conducta.

La neurociencia sugiere que el cerebro no percibe el presente en tiempo real, sino que reconstruye la experiencia consciente a partir de recuerdos y simulaciones del pasado inmediato.

Ilustración conceptual de la conciencia como una construcción retrospectiva: la neurociencia sugiere que el cerebro no percibe el presente en tiempo real, sino que reconstruye la experiencia consciente a partir de recuerdos y simulaciones del pasado inmediato. Crédito: IA-DALL-E-©RexMolón Producciones

El cerebro como simulador

La tercera pieza la aporta Addis, experta en memoria y neuroimagen y profesora de Psicología en la Universidad de Toronto (Canadá). Sus estudios muestran que recordar el pasado e imaginar el futuro activan prácticamente las mismas redes cerebrales, en especial la llamada red por defecto, un conjunto de regiones que se activan cuando la mente divaga, reflexiona o se proyecta en el tiempo.

Addis propone que la función fundamental del cerebro consciente es la simulación mental: una capacidad general para construir escenas mentales coherentes, ya sea para revivir un recuerdo, anticipar un evento futuro o interpretar el presente.

🗣️ «La memoria, la imaginación e incluso nuestra experiencia del presente son simulaciones creadas por el cerebro», resume Addis.

En todos los casos, el cerebro combina información sensorial con conocimientos previos, esquemas culturales y experiencias pasadas. La percepción consciente del presente sería, así, una simulación especialmente sencilla, porque cuenta con abundante información sensorial. Imaginar el futuro exige más esfuerzo porque hay que rellenar huecos. Recordar el pasado se sitúa en un punto intermedio.

No hay un centro de la conciencia

Una consecuencia radical de esta síntesis es que no existe un centro de la conciencia. No hay un interruptor ni un módulo específico. Cada tipo de experiencia consciente —visual, auditiva, emocional, decisoria— tendría sus propios correlatos neuronales distribuidos por la corteza cerebral.

La conciencia sería el resultado dinámico de la interacción entre múltiples redes neuronales: la red por defecto, la red de control frontoparietal y la red de saliencia, entre otras. El tálamo, una estructura que se encuentra situada en el centro del encéfalo, por encima del hipotálamo, actuaría como un gran conmutador, coordinando qué regiones entran en juego en cada momento.

Esta idea encaja con la clínica neurológica. Lesiones en distintas zonas del cerebro producen alteraciones específicas de la experiencia consciente sin apagarla por completo. Solo cuando el daño es extenso, como sucede en ciertas demencias y estados delirantes, la conciencia se degrada de forma global.

Una ilusión necesaria

Budson, Hogendoorn y Addis no rehúyen una conclusión incómoda: la conciencia es una ilusión. No en el sentido de que no exista, sino en el de que no es lo que parece. La sensación de inmediatez, de control y de presencia sería una simulación útil, no una descripción fiel de los procesos cerebrales.

Esta ilusión tendría una función clara: permitirnos integrar información compleja a lo largo del tiempo, construir un sentido del yo y proyectarnos hacia el futuro.

La continuidad de la experiencia consciente —esa sensación de ser la misma persona ayer, hoy y mañana— emergería de la capacidad del cerebro para simular eventos en el tiempo.

Creemos que percibimos el mundo tal como ocurre, pero el cerebro llega siempre tarde. La conciencia, según una nueva investigación, es una forma sofisticada de memoria que nos permite sentir y anticipar.

Creemos que percibimos el mundo tal como ocurre, pero el cerebro llega siempre tarde. La conciencia, según una nueva investigación, es una forma sofisticada de memoria que nos permite sentir y anticipar. Foto de Dmitry Berdnyk en Unsplash‍ ‍

Ante un cambio de paradigma

Esta síntesis no pretende ser la teoría definitiva de la conciencia, pero sí ofrece una brújula científica poderosa. En lugar de buscar el correlato neural de la conciencia, invita a estudiar los mecanismos de la memoria explícita y la simulación mental. En lugar de preguntar cómo el cerebro produce el presente, sugiere preguntar cómo reconstruye el pasado inmediato para hacerlo habitable.

🗣️ «Si nuestra síntesis es correcta, entonces ahora conocemos el propósito de la conciencia, que es el mismo que el de la memoria explícita: utilizar la información previa para comprender el momento presente, imaginar futuros posibles y planificar en consecuencia», afirma Budson.

Budson, Hogendoorn y Addis subrayan además que este enfoque no excluye otras teorías de la conciencia. Al contrario, las integra. «Esta nueva síntesis sugiere que muchas de las principales teorías de la conciencia pueden estar describiendo distintas partes de un mismo fenómeno», añade el neurólogo.

Quedan muchas preguntas abiertas: cómo se marca el ahora en esa línea temporal interna, cómo se integran distintas modalidades sensoriales o hasta qué punto otras especies —o incluso sistemas artificiales— podrían compartir formas rudimentarias de conciencia si poseen capacidades similares de simulación.

Pero el mensaje central es claro y profundamente contraintuitivo: no somos conscientes para reaccionar al mundo, sino para recordarlo, entenderlo y anticiparlo. Vivimos, sentimos y decidimos no en el presente puro, sino en una narración construida por el cerebro. Y quizá ahí, en ese relato imperfecto pero funcional, resida el verdadero sentido de la conciencia humana.▪️(23-enero-2026)

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